La "nueva Íngrid"
LOS COLOMBIANOS fueron los primeros en advertirlo. Luego los franceses cuando, minutos después de haber descendido del avión que la llevó a París, vieron cómo ella le tomaba una mano a Sarkozy y empezaba a hablar con una segura elegancia ante el micrófono. "Hubo una estupefacción general", escribió Le Monde.
En efecto, en vez de una Íngrid Betancourt quebrada irremediablemente por un calvario de seis años, como había sido vista en la última y agónica imagen suya difundida por las Farc, tanto los franceses como los colombianos la encontraron sin rastro del horror vivido por ella en las selvas. Al contrario, la vieron sonriente, lúcida, serena, con un extraordinario dominio de sí misma y con dos rasgos que rara vez van juntos: un fino sentido político y algo que parece tocar los extraños linderos del misticismo religioso. "La Mandela colombiana", escribió el analista venezolano Moisés Naim.
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En efecto, en vez de una Íngrid Betancourt quebrada irremediablemente por un calvario de seis años, como había sido vista en la última y agónica imagen suya difundida por las Farc, tanto los franceses como los colombianos la encontraron sin rastro del horror vivido por ella en las selvas. Al contrario, la vieron sonriente, lúcida, serena, con un extraordinario dominio de sí misma y con dos rasgos que rara vez van juntos: un fino sentido político y algo que parece tocar los extraños linderos del misticismo religioso. "La Mandela colombiana", escribió el analista venezolano Moisés Naim.
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