Cumbre de poderes
(El Espectador) Con una llamada a Daniel Piñacué pareciera resolverse la tensión creciente entre los pueblos indígenas del Cauca que marchaban hacia Cali y las fuerzas de la Seguridad Democrática del señor presidente Uribe. Hubo una primera concesión (“hablaremos en Popayán”) y luego otra (“Bien, hagámoslo en Cali”).
Piñacué es en esta ocasión un pueblo, como dijo serlo Gaitán; o, mejor, varios pueblos, los indígenas del suroccidente colombiano los que llenaron en riguroso orden un carril de kilómetros en la Vía Panamericana. También los que llegaron de otros rincones del país y del continente para estar, con presencia física o virtual, en la carretera y en la cita de Cali. Más aún, los indígenas exigen que el Presidente atienda las voces de otros grupos de ciudadanos que no son indígenas, pero que también tienen reclamos de honda significación.
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Piñacué es en esta ocasión un pueblo, como dijo serlo Gaitán; o, mejor, varios pueblos, los indígenas del suroccidente colombiano los que llenaron en riguroso orden un carril de kilómetros en la Vía Panamericana. También los que llegaron de otros rincones del país y del continente para estar, con presencia física o virtual, en la carretera y en la cita de Cali. Más aún, los indígenas exigen que el Presidente atienda las voces de otros grupos de ciudadanos que no son indígenas, pero que también tienen reclamos de honda significación.
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